3º DOMINGO DEL AÑO
Primera lectura: Isaías 8:23-9:3
Segunda lectura: 1 Corintios
Evangelio: Mateo 4:12-17 (forma breve)
La experiencia de la tormenta
Imagina que estás conduciendo solo en plena madrugada, atravesando una ciudad
desconocida bajo una tormenta intensa. Las gotas de lluvia golpean con fuerza el
parabrisas y apenas puedes ver más allá de unos metros frente a ti. La luz de los
semáforos y faros de la calle parece desvanecerse en la niebla, y el GPS en el coche
pierde señal justo cuando necesitas indicaciones. Las calles están vacías, el viento sopla
con fuerza, y sientes cómo el agua se acumula bajo los neumáticos, haciéndolos resbalar
un poco.
De repente, te das cuenta de que no tienes la menor idea de dónde estás. Miras a tu
alrededor, tratando de encontrar una referencia, algo que te dé una señal de que vas en la
dirección correcta. Pero no hay nada, solo oscuridad y la tormenta que parece empeorar.
Empiezas a sentirte vulnerable y a cuestionarte: “¿Llegaré a un lugar seguro?” La
incertidumbre te agobia, el miedo se asoma en tu mente, y te invade un sentido de
soledad.
Entonces, en medio de la tempestad, aparece una luz tenue. No es mucho, quizá solo un
letrero de algún comercio o las luces de un restaurante que permanece abierto. Decides
acercarte, guiado por esa luz que, aunque débil, te ofrece una esperanza. Al acercarte, te
das cuenta de que no estás tan perdido como pensabas; esa luz te da una referencia, una
señal de que puedes encontrar tu camino.
Dios como nuestra guía en la vida
Este viaje en la tormenta puede reflejar momentos en nuestra vida en los que sentimos
una gran incertidumbre. A veces, nos encontramos atravesando problemas que parecen
tan oscuros y caóticos como esa noche en la carretera. Podemos estar luchando con
decisiones importantes, dificultades familiares, problemas en el trabajo, o preocupaciones
de salud. Es fácil sentirse perdido cuando no podemos ver claramente el camino hacia
adelante, y en esas situaciones, la ansiedad, el miedo y la soledad nos afectan
profundamente.
La Palabra de Dios en este domingo nos recuerda que, en esos momentos de confusión y
temor, Dios es la luz que nos guía. Así como en la historia del coche perdido en la
tormenta aparece una pequeña luz que nos da esperanza, en nuestra vida Dios es esa luz
constante, una presencia que nos indica que no estamos solos y que podemos encontrar
un camino seguro.
En el Salmo de hoy, leemos:
“El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?”
Esa misma promesa la encontramos en la primera lectura, cuando Isaías proclama:
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.
Dios, a través de la figura de Jesús, se convierte en esa “gran luz” que nos ofrece
dirección y consuelo. Jesús mismo nos dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Él es quien ilumina
nuestras vidas, quien nos guía en nuestras incertidumbres y temores, y quien cumple la
promesa de Dios de ser nuestra seguridad en medio de la tormenta.
A dónde vamos en busca de ayuda
Muchas veces, al enfrentarnos a la oscuridad en la vida, recurrimos a soluciones
temporales. Tratamos de calmar nuestras ansiedades llenándonos de actividades, o
buscamos apoyo en personas o cosas que nos ofrezcan un alivio momentáneo. Nos
volcamos en el trabajo, o en distracciones, con la esperanza de que nos ayuden a olvidar
la tormenta que enfrentamos. Pero estas soluciones son como la débil linterna en medio
de la noche oscura: ayudan un poco, pero no tienen el poder de guiarnos completamente.
Es fácil olvidar que tenemos acceso a una ayuda mucho más profunda y duradera. En
lugar de depender de cosas temporales, Dios nos invita a recurrir a Él, quien no solo tiene
el poder de guiarnos, sino que desea hacerlo. Nos olvidamos de acudir a Él con nuestras
preocupaciones, aunque nos asegura en el Salmo que Él es nuestra luz y salvación.
Una invitación a volver a la luz de Dios
Quizás te estés preguntando si realmente el Señor puede ser esa luz en tu vida. Quizás te
preguntas: “¿Será cierto? ¿Puede el Señor ayudarme a salir de esta oscuridad, de este
miedo?”
Dios nos invita a acercarnos a Él con sinceridad. Basta con que le digas: “Señor, sé mi luz
y mi salvación; en este momento, te necesito”. No hay duda de que si haces esta oración
con sinceridad, comenzarás a ver cómo la paz y la esperanza vuelven a tu vida.
Descubrirás que Dios puede ser esa luz en medio de tu oscuridad, guiándote hacia un
lugar de paz y fortaleza.
Renovar nuestra confianza en Dios
Hoy, en este domingo, acerquémonos al Señor con todas nuestras preocupaciones y
temores. Él es la Luz que siempre está dispuesta a guiarnos. Recordemos su promesa y
permitámosle iluminar nuestro camino.
Podemos recordar las palabras de una antigua oración cristiana que dice:
“Guíame, Luz bendita, en medio de las sombras que me rodean. Guíame; la noche es
oscura y estoy lejos de casa. Guíame.”
En la oscuridad que trae la duda, en la oscuridad que trae el miedo, Señor, sé mi luz. Nos
comprometámonos hoy a hacer esta oración durante la semana, especialmente en esos
momentos en que la vida parece una tormenta.
Dios nunca nos dejará solos; Él siempre es nuestra luz y nuestra salvación.
