Homilía – XVII Domingo del Tiempo Ordinario
1 Reyes 3,5.7-12 | Salmo 118 | Romanos 8,28-30 | Mateo 13,44-52
Hace algunos años conocí a un hombre que había trabajado toda su vida en el campo. Cincuenta
años sembrando, cuidando animales, levantándose antes del amanecer. Cuando se jubiló, sus hijos le preguntaron qué quería como regalo. Esperaban que pidiera un viaje, una televisión grande,
algo material.
El hombre pensó un momento y respondió:
«Lo que yo quiero no se compra. Quiero que vengan a visitarme más seguido.»
Sus hijos se quedaron en silencio. Porque en el fondo sabían que ese regalo era el más difícil de
todos. No por falta de amor. Sino porque la vida moderna va tan rápido que a veces nos olvidamos
de lo que más importa.
Esa respuesta sencilla de ese hombre mayor me persiguió mucho tiempo. Y hoy, con las lecturas
de este domingo, entiendo por qué.
En la primera lectura, Dios se le aparece a Salomón en sueños y le dice algo que nos debería
sorprender: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.«
Es una oferta extraordinaria. Dios en blanco. Sin límites. Sin condiciones.
Y Salomón, que era joven y acababa de recibir el reino más grande de su historia, podría haber
pedido riquezas, poder, larga vida, victorias sobre sus enemigos. Tenía razones de sobra para pedir todo eso.
Pero Salomón pide algo que nadie esperaba: sabiduría. Un corazón que sepa escuchar. Un corazón
que sepa discernir entre el bien y el mal.
No pide tener más. Pide entender mejor. No pide acumular. Pide saber lo que de verdad vale.
Y Dios se alegra de esa respuesta. Porque Salomón había descubierto algo que la mayoría
tardamos toda la vida en aprender: que lo más valioso no es lo que se puede comprar ni lo que se
puede mostrar. Lo más valioso es invisible. Es la sabiduría. Es el amor. Es el tiempo dado a quien lo necesita.
Jesús lo confirma en el Evangelio con dos parábolas cortas pero que pesan mucho. Un hombre
encuentra un tesoro escondido en un campo y lo vende todo para quedarse con él. Un
comerciante encuentra una perla de gran valor y hace lo mismo.
Los dos renuncian a todo. No porque sean imprudentes. Sino porque reconocieron algo tan valioso que todo lo demás se volvió secundario.
¿Y cuál es ese tesoro? ¿Cuál es esa perla?
El Reino de Dios. Esa forma de vivir donde lo que más importa es el amor, la misericordia, el
servicio, la presencia. Esa manera de estar en el mundo donde el tiempo que le damos a las
personas vale más que cualquier regalo material.
San Pablo lo dice con una frase que hoy nos debe consolar y orientar: «Todo coopera para el bien
de los que aman a Dios.» Todo. Los momentos buenos y los difíciles. Las alegrías y los dolores.
Todo tiene sentido cuando vivimos orientados hacia lo que de verdad vale.
Y aquí quiero conectar todo esto con algo que la Iglesia celebra hoy: la Jornada Mundial de los
Abuelos y los Mayores.
El Papa León XIV nos recuerda este año que Dios tiene los rostros de sus hijos tatuados en las
palmas de sus manos. Que su promesa es clara y firme: «Yo nunca te olvidaré.» Palabras dirigidas
especialmente a quienes sienten que el mundo ya los dejó atrás.
Ese hombre del campo que quería visitas en lugar de regalos sabía algo que Salomón también
supo: que la sabiduría más profunda no está en acumular cosas. Está en reconocer lo que de
verdad vale. Y lo que de verdad vale tiene nombre, tiene cara, tiene historia.
Tiene la cara de un abuelo que espera. De una abuela que reza. De un anciano que guarda en su
memoria lo que nosotros todavía no hemos vivido.
Hoy el Señor nos pregunta con la sencillez de ese hombre del campo:
¿Qué estás pidiendo en la vida? ¿Qué tesoro estás buscando?
Y si la respuesta es el Reino de Dios, entonces esta semana empieza con un gesto concreto y
pequeño: visita a un abuelo. Siéntate con él sin prisa. Escúchalo.
Porque ese tiempo que le regalas vale más que cualquier perla.
