II Domingo de Cuaresma (A)


Hay momentos en la vida en que todo parece organizado:
tenemos nuestros planes, nuestras metas, nuestros cálculos. Y de pronto, algo irrumpe.

Una llamada inesperada. Una enfermedad. Un cambio laboral. Una decisión que no estaba en agenda.

Eso le pasó a Abrahán. No estaba buscando un cambio. No estaba planeando una mudanza. No estaba diseñando una nueva etapa. Dios lo llamó. “Sal de tu tierra.”
Y lo más desconcertante es que no le dijo adónde exactamente.Solo le prometió: “Te mostraré”.

Eso es la fe: caminar hacia lo que Dios mostrará, no hacia lo que yo controlo.

La Cuaresma es ese tiempo en que Dios nos dice: “Sal”.
Sal de la rutina espiritual. Sal de la mediocridad. Sal de esa fe que no te exige nada.


Pero salir implica dejar. Y dejar siempre duele. San Pablo, en la segunda lectura, nos anima: “No te avergüences del testimonio de nuestro Señor… comparte los sufrimientos por el Evangelio.”

Es interesante: la llamada de Dios nunca está desconectada de la cruz. Abrahán dejó seguridades. Pablo sufrió persecución. Y Jesús… camina hacia Jerusalén.

En el Evangelio, antes de la Transfiguración, Jesús anuncia su pasión. Y justo después, sube al monte. Es como si Dios quisiera mostrar algo muy profundo: La gloria no elimina la cruz. La atraviesa. En el monte, Jesús se transfigura. Su rostro brilla. Sus vestiduras resplandecen.
Es un destello del cielo en medio del camino hacia el Calvario.

Y Pedro dice: “Señor, qué bien se está aquí”. Claro que sí. Todos queremos quedarnos en los momentos luminosos. Pero la fe no consiste en instalarse en la emoción. Consiste en bajar del monte y seguir caminando.
En medio de la nube, se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado. Escúchenlo.” No dice: “Comprendan todo”. Dice: “Escuchen”.

Porque muchas veces no entendemos el camino. No entendemos la prueba. No entendemos el sufrimiento. No entendemos los silencios de Dios. Pero podemos escuchar. Escuchar es confiar aunque no todo esté claro. Abrahán no entendía el final de la historia. Pero escuchó. Los discípulos no entendían la cruz. Pero fueron testigos de la gloria.

La Cuaresma nos entrena para escuchar más profundamente. Escuchar a Jesús en la Palabra. Escucharlo en el hermano que sufre. Escucharlo en la conciencia que nos incomoda. Escucharlo en el silencio.

La Transfiguración no fue solo para que Jesús brillara. Fue para que los discípulos entendieran quién es Él…y quiénes están llamados a ser ellos. Dios no quiere simplemente mejorar algunos aspectos de nuestra vida. Quiere transformarnos.

La Cuaresma no es maquillaje espiritual. Es transfiguración interior. Dios quiere que algo en nosotros cambie de verdad:

  • Menos orgullo,
  • Más humildad
  • Menos miedo
  • Más confianza
  • Menos egoísmo
  • Más entrega

Pero la transformación no ocurre sin camino. Abrahán caminó. Jesús subió al monte. Luego bajó y siguió hacia Jerusalén.

También nosotros estamos en camino hacia nuestra propia Jerusalén: nuestros desafíos, nuestras responsabilidades, nuestras cruces. Pero ahora sabemos algo: la luz existe. La gloria es real. La promesa es verdadera. Tal vez hoy el Señor nos esté diciendo:
No te quedes donde estás.
No te conformes con una fe superficial.
No te instales en la comodidad. Sal. Escucha. Camina.

Y cuando el camino se vuelva oscuro, recuerda el monte. Recuerda el rostro luminoso de Cristo. Recuerda la voz del Padre. La Cuaresma es un viaje.

Como Abrahán, estamos en marcha. Como Pedro, aprendemos poco a poco. Como Pablo, somos llamados a no avergonzarnos. Que este tiempo no pase en vano. Que algo se transforme en nosotros. Que dejemos atrás lo que nos estanca. Que aprendamos a escuchar más y confiar mejor. Y cuando llegue nuestra propia cruz, podamos recordar que después del monte…viene la luz definitiva.
Amén.

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