Homilía. Tercer domingo de Pascua. (A)
Había una niña llamada Juana que no veía bien. Pero ella no lo sabía. Pensaba que todo el mundo
veía borroso, como ella. Se sentaba muy cerca del televisor, acercaba los libros a la cara… hasta
que un día le pusieron gafas. Y entonces todo cambió. Los colores eran más vivos. Los rostros más
claros. La vida… más hermosa.
No es que el mundo hubiera cambiado. Cambió su manera de ver.
Algo parecido nos pasa a nosotros en la vida. A veces caminamos con el corazón cansado, con la
mirada nublada. Nos acostumbramos a ver todo sin esperanza. Y llegamos a decir, como los
discípulos del Evangelio: “Nosotros pensábamos…”. Pensábamos que todo iba a ser distinto.
Pensábamos que Dios iba a actuar de otra manera. Y cuando las cosas no salen como esperamos…
nos vamos desanimando.
Así iban los dos discípulos camino a Emaús. Tristes. Desilusionados. Dejando la comunidad. Con el corazón apagado.
Y lo más hermoso es esto: Jesús se les acerca… sin hacer ruido. Camina con ellos. Los escucha. No
los regaña. No les dice: “¿Dónde estaba su fe?”. No. Primero camina. Luego habla. Luego les abre
el corazón.
Eso es Dios. Cercano. Paciente. Respetuoso.
El Evangelio dice que sus ojos estaban como impedidos para reconocerlo. Es decir, Jesús estaba
ahí… pero ellos no lo veían. Como Juana antes de las gafas.
Hasta que pasa algo sencillo, pero profundo: al partir el pan, lo reconocen.
No fue un milagro espectacular. Fue un gesto cotidiano. Pero lleno de amor.
Ahí se les abrieron los ojos. Ahí entendieron todo. Ahí el corazón volvió a arder.
Y entonces regresan. Vuelven a la comunidad. Vuelven a la vida.
Hermanos, Pascua es eso: aprender a ver de nuevo. Dejar que Dios nos limpie la mirada. Porque a
veces tenemos “cataratas en la fe”: vemos todo negativo, perdemos la esperanza, dejamos de
creer en los demás, incluso dejamos de creer en nosotros mismos.
Pero Dios no se ha ido. Él sigue caminando con nosotros. En lo sencillo. En lo cotidiano. En la
Eucaristía. En la Palabra. En el hermano.
La primera lectura nos muestra a Pedro anunciando con fuerza: Jesús vive. Ya no es el Pedro con
miedo. Es un hombre transformado. ¿Por qué? Porque ha encontrado al Resucitado.
Y cuando uno se encuentra de verdad con Cristo… ya no vuelve a ser el mismo.
Hoy el Señor nos hace una invitación muy sencilla: sentarnos a la mesa con Él.
Tal vez no en un restaurante elegante… sino en la mesa de cada domingo. En la Eucaristía. Donde
Él nos habla, nos escucha, nos abre los ojos y parte el pan.
Y también nos invita a algo concreto para esta semana:
mirar con ojos nuevos. Mira a tu familia con más amor. Mira a esa persona difícil con más paciencia. Mira tu propia vida con más esperanza.
Porque cuando cambiamos la mirada… cambia todo.
Y quédate con esta frase sencilla en el corazón:
“Jesús camina contigo… aunque no lo veas, Él nunca se ha ido.”
