Cuarto Domingo de Pascua (A)


Había un campesino que conocía a cada una de sus ovejas. No solo sabía cuántas tenía… sabía
cómo era cada una. Sabía cuál cojeaba, cuál se alejaba, cuál necesitaba más cuidado. Y lo curioso
es que las ovejas también lo conocían a él. Bastaba que él llamara… y ellas respondían.

Un día le preguntaron: “¿Cómo haces para que te sigan así?”.
Y él respondió con sencillez: “Porque camino con ellas… no las empujo desde atrás”.
Esa imagen tan sencilla nos ayuda a entender el Evangelio de hoy.

Jesús dice: “Yo soy el Buen Pastor… yo soy la puerta”. No es un jefe que manda desde lejos. No es
alguien que controla. Es un pastor que conoce, que cuida, que camina delante… y una puerta que
no se cierra, sino que abre camino.

En tiempos de Jesús, el pastor mismo se acostaba en la entrada del redil. Él era la puerta. Nadie
entraba sin pasar por él. Nadie salía sin que él lo supiera. Era protección… pero también cercanía.
Y Jesús nos dice hoy: “Yo soy esa puerta”.
El que entra por mí… encontrará vida.

Y aquí está la clave: Jesús no vino a complicarnos la vida, vino a darnos vida en abundancia. No
vino a encerrarnos, sino a guiarnos hacia pastos buenos, hacia una vida con sentido.
Pero también sabemos que hay otras “puertas”: voces, caminos, decisiones que prometen
mucho… pero al final dejan vacío el corazón. Por eso Jesús insiste: escuchen mi voz.

La primera lectura nos muestra a Pedro hablando con fuerza. Ya no tiene miedo. Ha encontrado al Buen Pastor. Y cuando uno se encuentra con Cristo, algo cambia por dentro. Ya no vive perdido…vive orientado.
Y San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda algo muy hermoso: “Ustedes eran como ovejas
descarriadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”
. Es decir, todos en algún momento nos perdemos… pero siempre podemos volver.

Hoy celebramos el Domingo del Buen Pastor… y también la Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones. Y aquí hay algo muy importante: Dios sigue llamando.
Sigue llamando a jóvenes para ser sacerdotes, religiosos, misioneros…
Pero también sigue llamando a ser buenos padres, buenas madres, buenos cristianos en medio del mundo.

La vocación no es solo para unos pocos. Es para todos. Es descubrir para qué estoy aquí… y vivirlo
con amor. Pero hay un problema: a veces no escuchamos la voz del Pastor. Hay demasiado ruido. Muchas distracciones. Poco silencio.

Por eso hoy la invitación es muy concreta:
haz un espacio para escuchar a Dios.

Tal vez cinco minutos al día.
Tal vez abrir el Evangelio.
Tal vez hacer una oración sencilla: “Señor, ¿qué quieres de mí?”.

Y también, no olvidemos rezar por las vocaciones. Porque la Iglesia necesita pastores con corazón
de Cristo. Pastores que no se busquen a sí mismos… sino que den la vida.
Jesús es el único Pastor que no falla. Los demás somos frágiles. Pero Él nunca abandona.
Y quédate con esta frase en el corazón:
“El Buen Pastor te conoce por tu nombre… y nunca deja de buscarte.”

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