Homilía Tercer Domingo de Cuaresma (Año A)

Lecturas: Éxodo 17, 3-7; Romanos 5, 1-2.5-8; Juan 4, 5-42


Hecho de vida

Hace un tiempo alguien me contó algo que me hizo pensar mucho.
Me dijo:
“Padre, yo pensé que lo que me faltaba en la vida era dinero… después pensé que era compañía…
luego pensé que era cambiar de lugar, cambiar de trabajo… pero un día descubrí algo: lo que yo
tenía era sed”.


Sed de paz.
Sed de sentido.
Sed de algo que llenara el corazón.


Porque uno puede tener muchas cosas…
pero por dentro sentirse vacío.

Hay personas que trabajan todo el día, pero sienten una tristeza que no saben explicar.
Hay personas rodeadas de gente, pero se sienten solas.
Hay personas que tienen familia, casa, responsabilidades… pero en el fondo del corazón sienten
que algo falta. Y entonces comienzan a buscar.

Buscan en el trabajo.
Buscan en el dinero.
Buscan en el alcohol.
Buscan en las relaciones.
Buscan en mil cosas.

Pero la sed sigue ahí. En el fondo todos tenemos un pozo en el corazón.
Un pozo profundo donde viven nuestras heridas, nuestras historias, nuestros pecados, nuestras
luchas, nuestros cansancios.

Y muchas veces vamos a ese pozo con el balde vacío…esperando encontrar algo que nos quite la sed. Eso mismo le pasaba a la mujer del Evangelio de hoy.

Mensaje de Dios

El Evangelio nos dice que Jesús llegó al pozo de Jacob al mediodía. Estaba cansado.
Estaba sediento. Y allí aparece una mujer samaritana.

Una mujer con una historia complicada. Una mujer marcada por el rechazo. Una mujer que seguramente evitaba a la gente. Por eso iba al pozo al mediodía, cuando nadie iba.
Pero hay algo hermoso en esta historia.

Jesús fue al pozo a esa hora porque sabía que ella iba a llegar.
La Cuaresma no es sólo el tiempo en que nosotros buscamos a Dios. La Cuaresma es el tiempo en que Dios sale a buscarnos.

Dios te encuentra donde estás.
Te encuentra en la casa.
Te encuentra en el trabajo.
Te encuentra en la calle.
Te encuentra en medio de tus problemas.

Y muchas veces nos encuentra sedientos.
Sedientos de amor.
Sedientos de paz.
Sedientos de sentido.

Jesús le dice a la mujer algo sorprendente:
“Dame de beber.”
Parece que el que tiene sed es Jesús. Pero en realidad Jesús está despertando la sed de ella.
Y luego le dice algo todavía más profundo: “Si conocieras el don de Dios… tú le pedirías y él te daría agua viva.”

Jesús está diciendo algo muy grande: El problema de muchas personas no es que no tengan agua…El problema es que están bebiendo en las fuentes equivocadas. Por eso siguen con sed.

San Pablo lo dice en la segunda lectura:
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.”

La verdadera agua que llena el corazón
es el amor de Dios. Cuando una persona descubre eso…deja de buscar desesperadamente en otros lugares.

Recuerdo que hace poco una señora me dijo algo muy profundo.
Me dijo:
“Padre, durante años pensé que mi esposo tenía que hacerme feliz. Y un día entendí algo: él no puede darme lo que sólo Dios puede dar.”
Y añadió:
“Cuando descubrí eso, mi vida cambió. Ahora soy feliz en Dios… y puedo amar a los demás sin exigirles lo imposible.” Eso es beber del agua viva. Cuando uno prueba esa agua…ya no vive desesperado buscando en otras fuentes.

Nueva vida

El Evangelio termina con algo muy hermoso. La mujer samaritana deja el cántaro y corre al pueblo. Ese detalle es muy importante. Dejó el cántaro. Porque cuando uno encuentra el agua viva…ya no necesita seguir buscando en los mismos lugares.

Y corre a decirle a todos:
“Vengan a ver a un hombre que me ha ayudado a entender mi vida.” Ese es el camino del cristiano. Primero encuentra a Jesús. Luego comparte a Jesús. Y por eso el mensaje para esta semana es muy sencillo. Esta semana hagamos tres cosas:

Primero:
Reconocer nuestra sed. No pretender que todo está bien. Decirle al Señor con sinceridad:
“Señor, tengo sed.”

Segundo:
Hablar con Jesús de verdad.No sólo repetir oraciones. Hablarle desde el corazón.
Contarle lo que vivimos.

Tercero:
Beber del agua que Dios nos da. Esa agua está en:
la oración, la Palabra de Dios, la confesión, la Eucaristía.

Y cuando bebemos de esa agua… algo cambia. El corazón se llena de paz. Y entonces también nosotros podemos decir a otros:
“Vengan… vengan a ver a un hombre que me ha ayudado a entender mi vida.”
Ese hombre es Jesús. El único que puede llenar el pozo profundo del corazón humano.

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