Homilía Dominical (XI Domingo del Tiempo Ordinario)

Éxodo 19, 2-6; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36–10, 8


Queridos hermanos y hermanas:


Hay una escena que se repite muchas veces en nuestros pueblos. Un niño se cae mientras juega.
Antes de que alguien más llegue, ya está la mamá o el papá corriendo hacia él. Tal vez la herida no
sea grave, pero el amor los mueve. No pueden quedarse mirando desde lejos. Se acercan, lo
levantan, limpian sus lágrimas y le dicen: «Aquí estoy».

Eso mismo hace Dios con nosotros.


A veces pensamos que Dios está lejos, ocupado en asuntos más importantes o indiferente a
nuestras preocupaciones. Sin embargo, las lecturas de hoy nos muestran todo lo contrario.

El Evangelio nos dice que Jesús contemplaba a la multitud y sentía compasión. No veía
simplemente un grupo de personas. Descubría historias, preocupaciones, luchas y esperanzas.
Reconocía el cansancio de quienes cargaban problemas y la soledad de quienes buscaban
orientación para sus vidas.


Por eso San Mateo afirma que estaban «cansados y abatidos como ovejas sin pastor».

Qué actual suena esa frase.

También hoy encontramos personas agotadas por las dificultades económicas, por una
enfermedad prolongada, por conflictos familiares o por la incertidumbre del futuro. Hay quienes
llevan cargas muy pesadas y, en silencio, luchan cada día para seguir adelante.

Y Jesús continúa acercándose con la misma ternura.

Conoce nuestras heridas más profundas. Sabe de las lágrimas que muchas veces ocultamos.
Comprende los temores que guardamos en el corazón. Y lejos de rechazarnos, nos ofrece su
cercanía y su consuelo.

La primera lectura nos recuerda algo hermoso. Dios le dice a Israel: «Ustedes serán mi pueblo.»

No los eligió porque fueran los más poderosos ni los más perfectos. Los eligió porque los amaba.
Lo mismo sucede con nosotros.
Cada persona tiene un valor inmenso a los ojos de Dios.

A veces nos sentimos pequeños, limitados o marcados por nuestros errores. Sin embargo, San
Pablo nos recuerda una verdad maravillosa: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos
pecadores.

Es decir, el amor de Dios no fue una recompensa por nuestras buenas obras. Él tomó la iniciativa.
Nos amó cuando más necesitábamos su misericordia. Salió a buscarnos y nos abrió el camino de la reconciliación. Ese amor es el centro de nuestra fe.

Y precisamente porque hemos sido amados, Jesús nos confía una misión.
Después de compadecerse de la multitud, llama a sus discípulos y los envía.

No les exige que sean expertos. No les pide riquezas ni prestigio.
Simplemente los envía a llevar esperanza, a acompañar a quienes sufren y a acercar a las personas a Dios. Esa tarea sigue siendo nuestra.

Tal vez nunca prediquemos ante grandes multitudes, pero todos podemos ser misioneros en la
vida cotidiana: cuando escuchamos con paciencia, visitamos a un enfermo, ayudamos a una
familia necesitada, ofrecemos una palabra de ánimo, perdonamos o sembramos paz donde hay
división.
Allí comienza la misión.

Porque el mundo necesita hombres y mujeres que reflejen la compasión de Cristo.
Al acercarnos hoy a la Eucaristía, pidámosle al Señor un corazón parecido al suyo: un corazón
capaz de comprender, acompañar y amar.
Y no olvidemos esta verdad:
Dios nos ama, nos levanta cuando caemos y nos envía para que hagamos lo mismo con nuestros hermanos.
Amén.

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