Quinto domingo de Pascua (A)
Había una familia que atravesaba un momento muy difícil. Su hijo estaba enfermo y habían pasado por médicos, hospitales, tratamientos… y nada parecía dar resultado. Un día alguien les dijo:
“Conozco a un especialista que puede ayudarles… pero tienen que ir hasta allá”. No conocían el camino, no sabían cómo llegar, pero confiaron. Se dejaron guiar. Y poco a poco, paso a paso,
encontraron el camino que los llevó a un lugar de esperanza.
Cuando uno está perdido o angustiado, lo que más necesita no es una explicación… es un camino.
Alguien que diga: “por aquí es”.
El Evangelio de hoy comienza con unas palabras muy humanas de Jesús: “No se turbe su corazón”.
Porque Él sabe que el corazón se turba. Se llena de miedo, de dudas, de incertidumbre. Y en medio
de eso, Jesús no ofrece teorías. Ofrece algo mucho más profundo. Dice: “Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida”.
No dice: “yo conozco el camino”. Dice: “yo soy el camino”.
Es decir, no se trata solo de saber por dónde ir… se trata de caminar con Él. De mirar cómo vive,
cómo ama, cómo perdona, cómo confía en el Padre… y aprender a vivir así.
Jesús es el camino cuando elegimos amar en vez de cerrar el corazón.
Jesús es el camino cuando perdonamos en vez de guardar rencor.
Jesús es el camino cuando seguimos adelante, incluso cuando no entendemos todo.
También dice: “Yo soy la Verdad”. No una verdad fría o teórica, sino la verdad que ilumina la vida.
La verdad de que Dios es Padre. De que no estamos solos. De que nuestra vida tiene sentido,
incluso en medio del dolor.
Y añade: “Yo soy la Vida”. No cualquier vida. Una vida plena. Una vida con esperanza. Una vida que no se apaga con las dificultades.
Las primeras comunidades cristianas, como escuchamos en los Hechos de los Apóstoles,
entendieron esto muy bien. No se quedaron paralizadas ante los problemas. Cuando surgieron
tensiones, buscaron soluciones. Organizaron el servicio. Cuidaron a los más necesitados. Porque
seguir a Jesús no es solo rezar… es vivir como Él.
Y San Pedro nos recuerda que somos “piedras vivas”. No piedras muertas. No espectadores. Cada
uno de nosotros forma parte de una construcción viva: la Iglesia. Cada uno tiene un lugar, una
misión, un sentido.
Pero aquí viene la pregunta importante:
¿qué tipo de seguidores somos nosotros?
Porque no todos seguimos a Jesús de la misma manera. Algunos lo siguen de lejos. Otros a ratos.
Otros se distraen y toman caminos secundarios. Y sin darnos cuenta… lo perdemos de vista.
Hoy el Señor nos invita a algo muy sencillo, pero muy profundo:
acercarnos más a Él. No seguirlo de lejos… sino de cerca.
Tal vez eso significa volver a la oración.
Tal vez significa abrir el Evangelio en casa.
Tal vez significa confiar más… y quejarse menos.
No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de hacerlo con el corazón.
Porque cuando uno camina con Jesús, el camino no siempre es fácil… pero siempre tiene sentido.
Y terminemos con esta certeza que Jesús nos regala hoy:
No estás perdido.
No estás solo.
Hay un camino… y ese camino tiene un rostro.
Jesús es el camino. Camina con Él… y no te perderás.
