VI Domingo de Pascua (A)
Hechos 8, 5-8.14-17; 1 Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Hay momentos en la vida en que uno puede estar rodeado de gente y, sin embargo, sentirse solo.
Hay personas que llegan a su casa, cierran la puerta, se sientan en silencio y sienten que nadie
comprende lo que llevan por dentro. Hay familias que sonríen por fuera, pero por dentro están
cansadas, preocupadas, heridas. Hay enfermos que se preguntan: “¿Quién me sostiene?” Hay
jóvenes que sienten miedo al futuro. Hay padres y madres que se preguntan si van a poder seguir
adelante.
Y en medio de esas experiencias humanas, Jesús nos dice hoy una palabra que llega como bálsamo
al corazón: “No los dejaré huérfanos.”
Jesús sabe que sus discípulos tienen miedo. Sabe que pronto no lo verán como antes. Sabe que
vendrán pruebas, persecuciones, dudas y cansancios. Pero no les promete una vida sin problemas.
Les promete algo mucho más profundo: su presencia viva en el Espíritu Santo.
Por eso dice: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor.” El Espíritu Santo es ese Defensor
que no grita, pero sostiene; que no se impone, pero ilumina; que no quita siempre la cruz, pero
nos da fuerza para cargarla. Es la presencia de Dios dentro de nosotros, acompañándonos cuando
nadie más puede entrar en lo más profundo del alma.
En la primera lectura, Felipe predica en Samaría, y dice la Palabra que aquella ciudad se llenó de
alegría. Eso es lo que pasa cuando el Evangelio entra de verdad en la vida: no elimina todos los
problemas, pero trae una alegría nueva. Una alegría que no depende solo de que todo salga bien,
sino de saber que Dios está con nosotros.
Después Pedro y Juan oran para que aquellos creyentes reciban el Espíritu Santo. Esto nos
recuerda algo importante: no basta conocer algunas cosas de Dios; necesitamos dejarnos llenar
por su Espíritu. Una parroquia, una familia, una comunidad, puede tener actividades, reuniones y
costumbres, pero si no tiene Espíritu, se enfría. Donde está el Espíritu Santo, hay vida, hay misión, hay perdón, hay entusiasmo, hay ganas de servir.
San Pedro, en la segunda lectura, nos dice: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su
esperanza.” Qué frase tan necesaria para nuestro tiempo. Hoy muchos viven desanimados,
confundidos, sin fe, sin rumbo. Y el cristiano no está llamado a pelear ni a imponer, sino a
testimoniar. Dar razón de la esperanza significa vivir de tal manera que otros se pregunten: “¿De
dónde le viene a esta persona tanta paz? ¿Cómo puede seguir creyendo? ¿Cómo puede perdonar? ¿Cómo puede levantarse después de sufrir?”
Pero Pedro añade algo muy importante: hacerlo con mansedumbre y respeto. La fe no se defiende
con arrogancia. La verdad no necesita gritos para ser verdadera. El cristiano convence más con una vida coherente que con mil discursos.
Jesús también nos dice: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos.” El amor a Dios no es solo
emoción bonita, ni palabras piadosas, ni costumbre religiosa. Amar a Jesús es vivir como Él nos
enseñó: perdonar, servir, ser honestos, cuidar al pobre, respetar al hermano, buscar la paz,
permanecer fieles aun cuando cueste.
Hoy podemos preguntarnos: ¿mi fe transmite alegría o solo costumbre? ¿Mi manera de hablar da esperanza o siembra tristeza? ¿Dejo que el Espíritu Santo guíe mis decisiones? ¿Soy un cristiano que consuela, que une, que anima, que sirve?
Hermanos, Jesús no nos ha dejado solos. No somos huérfanos. La Iglesia no camina sola. Nuestras
familias no están abandonadas. Aunque haya dificultades, aunque haya cansancio, aunque a veces no sepamos qué hacer, el Espíritu Santo sigue obrando en silencio.
Pidámosle hoy al Señor: Ven, Espíritu Santo. Defiende nuestra fe cuando se debilita. Consuela
nuestro corazón cuando se cansa. Llena nuestra parroquia de alegría misionera. Enséñanos a amar a Jesús no solo con los labios, sino con la vida.
Y que nunca olvidemos esta promesa que sostiene el alma: “No los dejaré huérfanos.”
