FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (A)
Lecturas:
Isaías
Hechos 10:34-38
Mateo 3:13-17
1. La vida cotidiana
Permítanme contarles sobre Carla, una joven madre que conocí hace algún tiempo. Ella
es madre soltera y ha criado a su hija, Ana, con todo el amor del mundo. Sin embargo,
Ana nació con una enfermedad que requería atención médica constante, y esto supuso
para Carla un gran desafío. A veces, sentía que el cansancio y las dificultades
económicas la superaban, pero, a pesar de todo, siempre le decía a su hija: “No hay nada
que te haga menos valiosa. Eres mi mayor alegría”.
Carla me comentaba que, a pesar de las dificultades, cada día sentía más amor por su
hija. “No hay nada que ella pueda hacer para que yo deje de amarla”, decía. Esta frase
me recordó profundamente el amor que Dios tiene por nosotros.
2. El Mensaje de Dios
La historia de Carla y su hija nos acerca a un tema central en la fiesta que celebramos
hoy: el Bautismo del Señor. En el Evangelio de Mateo, vemos que Jesús, sin haber
cometido pecado, se acerca humildemente a Juan el Bautista para ser bautizado. Y en
ese momento, los cielos se abren y se escucha una voz: “Este es mi Hijo amado, en quien
me complazco”.
Este evento es mucho más que una simple ceremonia; es una manifestación de cómo
Dios se deleita en Jesús, y de la relación de amor profundo entre Padre e Hijo. Pero este
mensaje no es solo para Jesús. A través de Él, Dios nos muestra el inmenso amor que
tiene por cada uno de nosotros. Desde el momento de nuestro bautismo, también
escuchamos esas mismas palabras: “Tú eres mi hijo, mi hija amada”. Nos recuerda que somos hijos e hijas de Dios, que en Él encontramos nuestro verdadero valor, un valor que
nada ni nadie puede quitarnos.
A veces, sin embargo, dudamos de esta verdad. Las circunstancias de la vida, nuestros
errores y los juicios que otros puedan hacer sobre nosotros nos hacen pensar que no
somos suficientemente buenos, o que no merecemos ese amor. Es fácil creer que
nuestros “defectos” o “cicatrices” nos hacen menos valiosos. Nos miramos y a veces solo
vemos aquello que falta o lo que está roto.
Pero Dios nos mira de otra manera. Él no se fija en las apariencias ni en las opiniones
externas. Nos mira con la misma ternura con que Carla mira a su hija, y ve en nosotros
una belleza y un valor que quizás ni nosotros mismos alcanzamos a ver. Él sabe de
nuestras luchas y nuestras heridas, pero nada de eso disminuye el amor que siente por
nosotros.
3. Dios nos llama a vivir como sus hijos
Hoy, en el Bautismo del Señor, se nos invita a recordar y celebrar nuestra identidad como
hijos e hijas amados de Dios. Es una identidad que nos da seguridad, porque no depende
de nuestras acciones, ni de nuestro éxito, ni de la opinión de otros. Es un amor que
simplemente existe, y siempre existirá.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos habla de un “elegido” en quien Dios se
complace, alguien que trae justicia, que no levanta la voz ni busca imponerse, pero que
lleva luz y esperanza a los demás. Ese elegido es Jesús, y a través de nuestro bautismo,
también nosotros estamos llamados a reflejar ese mismo amor y justicia en el mundo.
Dios nos invita a actuar en nuestro entorno, a ser reflejo de su bondad.
Sin embargo, este llamado a ser hijos de Dios va más allá de recibir su amor: nos invita a
darlo. Así como Él nos ama sin condiciones, nos pide que llevemos ese mismo amor a los
demás, especialmente a aquellos que necesitan más cuidado o a quienes han sido
excluidos. Ser hijos de Dios significa, entonces, abrazar la identidad de ser amados y, al
mismo tiempo, ser llamados a amar.
4. La nueva vida en el Bautismo
Este bautismo es una invitación a vivir una vida nueva. Dios quiere que vivamos con la
certeza de ser amados y, desde esa certeza, que seamos capaces de abrir nuestro
corazón a los demás. ¿Quiénes son las personas a nuestro alrededor que necesitan más
amor? ¿A quiénes hemos evitado o juzgado? ¿Hay alguien a quien hemos rechazado por
miedo o indiferencia?
La historia de Carla y su hija nos recuerda que el verdadero amor no pone condiciones.
Dios quiere que abramos los ojos para ver a cada persona como Él la ve: con compasión,
con paciencia y con un deseo profundo de su bienestar. Quizás eso implique superar
nuestros prejuicios o soltar viejos rencores, pero si lo hacemos, experimentaremos una
nueva libertad.
Reflexión final
Al recordar el bautismo de Jesús, podemos tomar un momento para renovar nuestra fe en
el amor incondicional de Dios y en nuestra dignidad como sus hijos. Que cada día, al
despertar, recordemos esta verdad: somos amados por Dios. Y que esta verdad inspire
nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras relaciones. Dejemos que nuestro amor
por los demás sea reflejo del amor con el que Dios nos ha amado primero.
Hoy podemos decidir mirar a los demás como hermanos y hermanas, y reconocer que
todos, sin excepción, somos hijos amados de Dios. Que esta fiesta del Bautismo del
Señor nos inspire a vivir con gratitud, humildad y generosidad, como verdaderos hijos del
Padre.
Amén.



