pRIMER Domingo de Adviento

Primera Lectura: Isaías 2,1-5
Segunda Lectura: Romanos 13,11-14
Evangelio: Mateo 24,37-44

Imagina que estás escuchando la radio cuando, de pronto, interrumpen la programación para anunciar que esa misma noche, a las 7 en punto, el Jefe de Estado dirigirá un mensaje importante a la nación. Sientes curiosidad, incluso cierta inquietud: “¿Qué será tan importante?”. A la hora señalada, como muchos otros, te sientas a escuchar. Primero suena el himno nacional, después la voz del presidente. Habla seriamente sobre la difícil situación del país, pero al final su tono cambia y dice:

“Ciudadanos, no nos dejemos vencer. Miremos al futuro con valor y confianza. Unámonos… estemos preparados…”

Algo parecido ocurre con nosotros cada vez que Dios nos habla. El Adviento es como ese anuncio urgente, que irrumpe en nuestra rutina y nos pide: “Prepárense. Manténganse despiertos. No se distraigan”.

Hoy, en el Primer Domingo de Adviento, resuenan tres voces que nos animan y nos sacuden:

  • Isaías exclama: “Vayamos al Señor. Caminemos a la luz del Señor”.
  • Pablo nos exhorta: “Renunciemos a las obras de las tinieblas; vivamos con dignidad”.
  • Jesús nos recuerda: “Permanezcan atentos. Estén preparados”.

No son palabras bonitas para colgar en un cuadro; son invitaciones concretas. “Ir a la casa de Dios” significa acercarnos a Él, decidirnos por Él. Y eso casi siempre implica cambios: dejar algo atrás, ajustar el rumbo, atrevernos a vivir de otra manera.

Por eso el Adviento es tiempo de mirar el corazón. Preguntémonos hoy:

  • ¿Cuál es el mayor obstáculo que me impide acercarme a Dios?
  • ¿Qué he colocado entre Él y yo?
  • ¿Dónde ya estoy caminando en Su luz y puedo crecer más?

Tal vez se trate de un hábito, una relación, una actitud que me aparta del Señor. O quizá ya hay mucho bien en mi vida —oración, servicio, honestidad— que necesita fortalecerse. Lo importante es reconocerlo y dejar que Dios actúe.

El Adviento nos recuerda que no caminamos solos. El Señor mismo nos da su gracia y su fuerza para cambiar lo que debe cambiarse, para soltar lo que debe soltarse y para crecer en lo que ya es bueno.

Este domingo las voces de los mensajeros de Dios nos llaman. Abramos los oídos y el corazón. Dejemos atrás lo que impide vivir como verdaderos cristianos. Y confiemos: el Dios que puede mover montañas también puede mover nuestro corazón.

Si respondemos a su llamada, al final de este Adviento no solo habremos caminado hacia la casa de Dios: descubriremos que ya estamos viviendo en ella, porque su presencia habrá crecido en nosotros.

Entradas Relacionadas