Homilía – XX Domingo del Tiempo Ordinario
Isaías 56,1.6-7 | Romanos 11,13-15.29-32 | Mateo 15,21-28
Hace algún tiempo, una mujer llegó a buscarme después de la Misa. Esperó que todos salieran.
Cuando estuvimos solos me dijo en voz baja, con una mezcla de vergüenza y de valentía:
«Padre, llevo años sin venir a la iglesia. Hice cosas de las que no me enorgullezco. No sé si tengo derecho a estar aquí.»
Me quedé en silencio un momento. No porque no supiera qué responder. Sino porque quería que
la respuesta le llegara al corazón y no solo a la cabeza.
Le dije: «Aquí es exactamente donde tienes que estar.»
Esa mujer es la mujer cananea del Evangelio de hoy. Y lo que le dije a ella es lo que Jesús le dice a
ella. Y a nosotros.
La mujer cananea no tenía nada a su favor.
Era extranjera. Era mujer en una cultura que marginaba a las mujeres. Era de una raza diferente,
de una religión diferente, de una historia diferente. Según todas las reglas de aquel tiempo, no
tenía ningún derecho de acercarse a Jesús.
Pero su hija estaba enferma. Y cuando una madre tiene a su hijo sufriendo, las reglas dejan de
importar.
Grita desde lejos. Los discípulos quieren alejarla. Jesús parece ignorarla. Cualquiera se habría
rendido.
Pero ella no se rinde. Se acerca más. Se arrodilla. Y dice algo tan sencillo y tan poderoso que
detiene todo:
«Señor, ayúdame.»
Dos palabras. Sin argumentos. Sin méritos. Sin presentar su historial. Solo la honestidad brutal de alguien que ya no tiene más opciones y sabe dónde está la única salida.
Y Jesús, que la había visto resistir cada obstáculo sin rendirse, que había visto su fe crecer con cada dificultad, la mira y le dice con una admiración que me parece preciosa:
«Mujer, qué grande es tu fe. Que se haga como deseas.»
Isaías lo había anunciado siglos antes con palabras que hoy resuenan con una fuerza especial. Dios dice: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.»
Todos. No solo los que nacieron dentro. No solo los que tienen la historia limpia. No solo los que
nunca se alejaron. Todos.
La Iglesia no es un club de perfectos. Es un hospital de heridos. No es una sala de trofeos. Es una
casa con la puerta siempre abierta.
Y San Pablo nos confirma algo que nos debería quitar el orgullo de un solo golpe: todos, en algún
momento, hemos necesitado la misericordia de Dios. Nadie llega aquí por méritos propios. Nadie
puede señalar a otro desde una superioridad que no existe.
«Dios encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos.»
Todos. Misericordia. Esas dos palabras juntas lo dicen todo.
Y aquí es donde el Evangelio de hoy nos toca más de cerca.
¿Cuántas veces nosotros somos como los discípulos que querían alejar a esa mujer? ¿Cuántas
veces, sin darnos cuenta, hemos hecho sentir a alguien que no tiene derecho a estar aquí? Con
una mirada. Con un comentario. Con esa frialdad que duele más que cualquier rechazo abierto.
La mujer cananea nos enseña algo que necesitamos aprender de rodillas: que la fe no depende del
origen, del pasado, del apellido ni de la historia. La fe es esa terquedad del corazón que sigue
buscando a Dios aunque todo diga que es imposible.
Y Jesús nos enseña algo todavía más importante: que esa fe, venga de donde venga, siempre es
bienvenida.
Hermanos, hoy salgamos con tres cosas grabadas en el corazón.
La primera: si alguien en tu vida siente que no tiene derecho a acercarse a Dios, dile lo que Jesús le
dijo a esa mujer con su actitud. Que venga. Que aquí hay lugar para todos.
La segunda: si tú mismo llevas tiempo sintiéndote lejos, sintiéndote indigno, sintiéndote sin
derecho, recuerda que la mujer cananea tampoco tenía derechos según el mundo. Y Jesús la
recibió.
Y la tercera: no dejes de llamar, aunque parezca que no hay respuesta. La fe que no se rinde es la
fe que Jesús llama grande.
«Señor, ayúdame.»
Esas dos palabras son suficientes.
Siempre lo han sido.
Amén.
