Homilía – XXI Domingo del Tiempo Ordinario

Isaías 22,19-23 | Romanos 11,33-36 | Mateo 16,13-20


En un pueblo pequeño vivía un maestro de escuela que llevaba más de treinta años
enseñando. Un día, al final del año escolar, uno de sus alumnos le preguntó algo que lo
dejó pensando toda la tarde:

«Maestro, ¿quién es usted para mí?»

El maestro no entendió al principio. El niño explicó:

«Mi papá dice que usted es solo un funcionario del gobierno. Mi abuela dice que es el
hombre más sabio del pueblo. Mis amigos dicen que es el más estricto de la escuela. Pero
yo quiero saber quién es usted para mí.»

El maestro se quedó en silencio largo rato. Porque nadie le había hecho esa pregunta
antes. Todos le decían lo que otros pensaban de él. Pero ese niño quería saber lo que él
significaba para él personalmente.

Esa pregunta sencilla de un niño es exactamente la que Jesús le hace hoy a sus discípulos.
Y nos la hace a nosotros.

Jesús está en Cesarea de Filipo y les hace una pregunta que parece sencilla, pero tiene una
profundidad enorme:

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Los discípulos responden con facilidad. Unos dicen que Juan el Bautista. Otros que Elías.
Otros que Jeremías. Respuestas que reflejan lo que se comenta, lo que circula por ahí, lo
que la gente opina desde lejos.

Pero entonces Jesús hace la pregunta que importa de verdad:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Silencio. Nadie se atreve. Hasta que Pedro responde sin calcular:

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Y Jesús le responde con algo que nos debería sorprender: «Dichoso tú, Simón. Porque eso
no te lo reveló nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.»

Pedro no llegó a esa respuesta por inteligencia. No la leyó en ningún libro. La recibió. Fue
un don. Una revelación que Dios puso en su corazón porque Pedro tuvo la disposición de
recibirla.

Isaías nos ayuda a entender lo que ocurre después. Dios le entrega a Eliaquim una llave
que abre y nadie cierra, que cierra y nadie abre. Es la imagen del que recibe una misión
que va más allá de sus propias fuerzas.

Eso es lo que le pasa a Pedro. Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia.»
Y le entrega las llaves del Reino.

Pedro, que pocas páginas después va a negar a Jesús tres veces. Pedro, que se hundió en
el lago por falta de fe. El impulsivo, el contradictorio, el que unas veces entendía todo y
otras no entendía nada.

A ese Pedro le entrega Jesús las llaves.
¿Por qué? Porque Jesús no elige a los perfectos para sus misiones. Elige a los disponibles.
A los que, a pesar de sus caídas, siguen diciendo que sí.
Eso nos debería consolar enormemente.

San Pablo lo contempla todo y no puede hacer otra cosa que asombrarse:
«¡Qué abismo tan profundo el de la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables sus
juicios y qué inescrutables sus caminos!»

Hay cosas de Dios que no se explican. Que solo se reciben con asombro y gratitud. Como
el hecho de que Dios confíe en Pedro. Como el hecho de que confíe en nosotros.

Hermanos, hoy Jesús nos hace la misma pregunta que le hizo a Pedro. No nos pregunta lo
que dice la gente. No nos pregunta lo que aprendimos en el catecismo. Nos pregunta lo
que decimos nosotros desde adentro, desde lo más honesto de nuestra vida:
«Y tú, ¿quién dices que soy yo?»

Como ese niño que no quería saber lo que decían los demás. Quería saber lo que el
maestro significaba para él personalmente.

Llévense esa pregunta esta semana. Siéntense con ella en silencio. Dejen que el Padre,
que se la reveló a Pedro, se la revele también a ustedes.

Porque cuando uno sabe de verdad quién es Jesús, ya no necesita preguntarle a nadie
más.
Amén.

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