SEGUNDO Domingo de Adviento

Primera Lectura: Isaías 11,1-10
Segunda Lectura: Romanos 15,4-9
Evangelio: Romanos 15,4-9

En nuestros campos, cuando llega la estación lluviosa, es común ver a los agricultores limpiar sus sembradíos. Arrancan la maleza para que las plantas buenas crezcan sanas y fuertes. Del mismo modo, en las casas todavía se acostumbra aventar el grano: la mujer toma una bandeja, lanza los granos al aire y el viento se lleva la cáscara, mientras el grano limpio cae de nuevo en la vasija.

Estas imágenes son sencillas pero muy elocuentes: para que haya fruto, primero hay que limpiar. Para que haya alimento, primero hay que separar lo bueno de lo que estorba. Nuestra vida interior funciona igual: si no quitamos lo que no sirve, lo que daña, lo bueno no puede crecer

El Evangelio de hoy nos presenta a Juan el Bautista, un profeta que no endulza las palabras. Con firmeza nos dice: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”. Juan habla de un “aventador” en las manos del Mesías: así como se separa el grano de la paja, el Señor viene a purificar, a discernir, a poner luz en nuestras oscuridades.

Esto es una invitación a mirarnos con honestidad. Hacer una “limpieza” interior significa detenernos y revisar:

  • ¿Cuáles son mis hábitos buenos y cuáles necesito cambiar?
  • ¿Qué actitudes fortalecen mi fe y cuáles me alejan del Evangelio?
  • ¿Qué valores sostengo de verdad y cuáles son solo apariencia?

Tal vez he adquirido costumbres dañinas: hablar mal de otros, dejar todo para después, dar demasiada importancia al dinero o al poder, reaccionar con impaciencia o injusticia. Adviento es un tiempo propicio para reconocerlo y permitir que Dios arranque esa maleza del corazón. “Convertirse” significa girar el rumbo, volver a Dios, dejar lo que me aparta de Él y elegir su camino. Nadie puede hacerlo en mi lugar; es una decisión personal. Preparar el camino al Señor es un acto concreto: reconciliarme, perdonar, cambiar hábitos, ordenar prioridades

Esta semana, busca un momento de silencio. Quizá en la noche, cuando todo se calma, o en tu habitación, a solas con Dios. Mírate con sus ojos, no con los tuyos. Pregúntale: “Señor, ¿qué quieres que limpie en mi corazón? ¿Qué te alegra de mí y qué debo dejar atrás?”.

Así, poco a poco, sin prisas ni culpas, podrás preparar tu confesión antes de Navidad, podrás enderezar tus caminos y abrirle espacio al Señor. Él no viene para condenarte, sino para habitar en ti y hacerte más libre.

Si respondemos a este llamado, la Navidad no será solo una fecha en el calendario. Será la experiencia real de un corazón renovado, limpio y dispuesto. Entonces, habremos hecho nuestro el mensaje de Juan: “Conviértanse y preparen el camino del Señor”.

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